Posterous theme by Cory Watilo

En los callejones de Zacatecas

Turistas y danzantes

Llegaron con el sol ya descansando detrás del Cerro de la Bufa. Entraron al centro de la ciudad, que al final resultaría no ser el centro pero si la parte más bonita de todo el pueblote. Después de dar vueltas en la camioneta por unos veinte minutos dieron con el hotel. Un edificio enano, con fachada de cantera e interiores de cristal. 

En el cuarto nada interesante, por eso es que salieron a recorrer los callejones en la oscuridad. Dejaron el hotel para entrar a un mundo de piedra y adoquín. La atmósfera de la noche le daba un brillo único a cada una de las fachadas de los edificios que permanecían de pie, no por que fueran resistentes, sino porque con cada exclamación de su público, las personas que caminaban por las calles y se detenían para señalarles y tomarles una fotografía, se sentían elogiados. No los podían defraudar. Así que, como podían, se mantenían firmes. Quizá recordaban las épocas de los caballos, carruajes, del herrero y del panadero que en las mañanas abrían su negocio y por las noches paseaban por los callejones...

Le preguntaron a un vendedor de chicles acomodado en una entrada de la catedral si aquel brillo era normal. - no es la primera vez que pasa, ni tampoco será la última - "Es en la noche cuando ellos regresan" fueron las palabras del vendedor que quedaron flotando en el aire mientras él se volteaba hacía su izquierda para atender a algún cliente. 

En su camino por el pueblo no tardaron en entender a qué se refería aquel vendedor. Las calles parecían irse transformando poco a poco con aquel brillo que emanaba de la cantera y se movía de un edificio a otro. Se detenía con el semáforo en rojo y después cruzaba al otro lado moviéndose a través del adoquín de la pequeña callejuela. El brillo iba liderando una marcha de decenas de personas que, como los curiosos turistas que eran, seguían fascinados al espectáculo. De manera súbita, el brillo viró violentamente y entró por uno de los callejones que bajaba hacía el mismo centro de la tierra. Nadie quiso seguirlo hasta allá y mejor se quedaron a la expectativa de que vendría después, meciéndose  en el primer escalón de la larga escalinata que daba vuelta a unos veinte metros de la entrada. 

Después de algunos minutos, la multitud se empezó a dispersar. Solo unos pocos quedaron después de los primeros diez minutos, quizá porque sabían que lo que verían sería mejor que cualquier foto en la catedral, o cualquier dulce tradicional. No se equivocaban. En el momento en que la primera bandera asomó en la esquina donde doblaba el callejón, solo eran ellos los que quedaban ahí de pie. A la bandera siguieron vestidos con holanes, fajas, sombreros, sombrillas, sacos, gorros, zapatillas, calcetas... todo subiendo hacia la avenida Hidalgo por el callejón. Como si fuera un baile, las prendas y los accesorios daban vueltas y vueltas mientras subían las escaleras. Cada saco tenía a su vestido y cada vestido a su saco. Todo esto al son de la música, que poco a poco iba llenando cada una de las tiendas del pueblo, cada una de las esquinas de las calles, de los museos, y de los restaurantes, hasta llegar a la iglesia y hacer que varios feligreses perdieran la concentración en el sermón que el cura predicaba para ellos. Todos los turistas se empezaron a preguntar qué era esa extraña música y de dónde venía. Los locales solo respondían “es en la noche cuando ellos regresan”.

(download)

Ellos seguían plantados en la entrada al callejón, admirando el baile que los ropajes realizaban perfectamente acompasados. Subiendo más y más, escalón por escalón iban llegando al nivel de la avenida. Se apartaron cuando la llegada de la primera pareja de saco y vestido era inminente. Dos de un lado y dos del otro, con la boca abierta al ver lo que ocurría. En el momento en que la pareja salió del callejón, un hombre llenó el traje, y una mujer llenó al vestido. Ambos, con los recien otorgados pies sobre el adoquín, siguieron danzando acompañados de la música. Lo mismo ocurrió con las demás parejas. Primero los pies aparecían para soportar a los ropajes que llegaban por fin a revivir el pasado del pueblo. A los pies seguían las piernas, las nalgas, el dorso, los brazo y, al mismo tiempo en que el cuello y la cabeza aparecían, las manos se formaban para completar el cuerpo de decenas de hombres y mujeres que, sin notar la mirada de los turistas, los flashes de las cámaras, los aplausos, los chiflidos, y alguno que otro grito, que nadie sabía si era de terror o de emoción, pero que terminaba pagado, al igual que todas las voces, por la música que resonaba ya en cada uno de los rincones del pueblo, seguían dando vueltas.

La caravana terminó de despejar el callejón. Todos los vestidos y sacos eran ya mujeres y hombres. Nadie se atrevía a acercarse a ellos. Solo los miraban bailar, recorriendo el pueblo sobre la avenida Hidalgo. El transito se había detenido y la avenida estaba libre para que ellos continuaran con su espectáculo. Ninguno de ellos perdió el ritmo, ni mucho menos dio un paso en falso. Ninguno de ellos abrió la boca, ni fijo la mirada en otro punto que no fuese el de los ojos de su pareja. Así los hombres y mujeres siguieron durante toda la noche. Después de unas horas los turistas se acostumbraron y siguieron su paseo por las demás calles adoquinadas. Continuaron con sus cenas y sus compras. Pero sin poder escuchar ni una sola palabra de lo que el otro decía. Así fue hasta la mañana, cuando el sol vertió sus primero rayos sobre las fachadas de los edificios y todo se dieron cuenta de que estás estaban viejas, resquebrajadas, y llenas de grafitis con palabras obscenas. Y mientras todos se concentraban en esto, no se dieron cuenta ni de cómo ni de cuándo los hombres, las mujeres, sus ropajes y la música habían desaparecido.

Un pequeño con el cabello desordenado y la cara sucia se acercó para intentar venderles chicles. 

 

Mouse

La era digital había acabado con todo. De un día a otro, los pequeños ratones de computadora se organizaron y, en alguna confabulación secreta dentro de un café de bajo perfil, pusieron manos a la obra para acabar con aquello que no necesitase de un click para funcionar.

Naturalmente, el primer enemigo a vencer fueron sus similares (siempre el rival más fuerte termina siendo el más parecido a uno mismo), los ratones de carne y hueso. Iniciaron la ofensiva en la ciudad, al fin y al cabo, era ahí donde necesitaban dominar primero, qué importa un simple ratón de campo. – Esos son tontos – había dicho uno de los muchos ratones de computador, que iba arrastrando su larga cola hecha de cobre, hule y plástico.

El primer movimiento fue hecho esa misma noche. Ratón contra ratón, una batalla sin precedentes en el paisaje urbano. El encuentro duró no menos de cinco horas. Con los primeros rayos del sol, los demás animales se encontraron, al salir de sus fortalezas de concreto, con millones de cuerpecitos tiesos, con las colas arrancadas y con las patas al aire. Nadie pudo explicarse cómo era posible algo así, pero nadie se lamentaba. Más de uno exclamó –por fin, calles limpias y bolsas de basura sin romper -. El día siguió su curso, los cuerpos inertes de los ratones fueron removidos de las calles, mientras que, infiltrados en las fortalezas de concreto, los únicos ratones que quedaban ahora en la ciudad, clickeaban al son de una marcha de guerra marcada con pasos ligeros y casi imperceptibles: pasos de ratón. 

Raton-muerto

Pensamientos en el centro... y debajo de él.

Hay algunas experiencias de las que uno se siente orgulloso.  Así como cuando sabes que alcanzaste lo que querías, que triunfaste sobre muchos otros, que ayudaste a las demás personas… Justo el otro día venía de eso. Eran vacaciones y el tiempo estaba a mis pies. Muchos proyectos en la mente y algunos llegan a ser realizados. Por coincidencia más que por otra cosa llegué a formar parte de un grupo juvenil de acción social.  Buena gente, por lo menos la mayoría de los que trate personalmente. Ese día repartimos comida y juguetes en el centro de la ciudad. Varias mujeres con los niños cargados en los brazos, hombres tumbados contra los muros de la iglesia que tiene por nombre el de algún santo cuyo origen nadie recuerda. No estoy acostumbrado a caminar por las calles del centro, solo pude reconocer algunos negocios como Camisería México y 3 Hermanos, no más. De cualquier forma, me encanta,; tal vez por lo de no estar acostumbrado. Cuando haces algo muchas veces es fácil llegar a perder el interés, eso dicen.

Al terminar tuve que adentrarme solo por primera vez a lo que conocemos como: el metro. Me había subido solo una vez, con unos amigos cuando acompañamos a una chava a hacerse un piercing a Fundadores. Ahora iba solo. Iba fascinado, volteando hacia todos lados. En parte porque no quería perderme ni un detalle y en parte porque no me sentía completamente seguro caminando solo ahí abajo. Mi lectura del periódico el día anterior y lo poco que alcance a escuchar en el noticiero local no ayudaron mucho a que me relajara en el camino. Mi ciudad está pasando por un momento crítico. Dicen que la inseguridad esta al tope: secuestros, robos de carros (comentan que las trocas y las estilo Patriot son las más codiciadas, se ven especialmente interesados en el color negro y los vidrios polarizados), balaceras; en fin, lo pintan como zona de guerra. Con todo esto yo no puedo si no esperar lo mejor de las personas. Seré iluso, inocente, estúpido, a mí me gusta pensar que soy optimista (algunas veces demasiado, algunas veces no lo suficiente).

Dsc06335

Ahí estaba, yo solo en medio de lo que debería ser la entrada a la estación. Después de haber bajado las escaleras en las que se señalaba el acceso a la estación Ignacio Zaragoza. Cruce la avenida por debajo de todos los carros y llegué a un lugar más amplio. Redondo con cuatro columnas gruesas delimitándolo. Las columnas eran también redondas y de un color marrón, rojo o naranja, no estoy muy seguro estaba oscuro y yo solo buscaba la forma de llegar al vagón. Entre las primeras dos columnas se encontraba la entrada que yo apenas había terminado de cruzar, justo enfrente de esta había todavía un camino que topaba y daba vuelta a la izquierda. Las restantes de ambos lados estaban unidas por los aparatos que controlan el acceso al metro. En el pasillo que seguía hacía al fondo encontré un mapa de las líneas y las estaciones por donde pasaban. Me ubiqué en Zaragoza. Tenía que llegar a Simón Bolivar. Por lo visto iba a tener que hacer un cambio de línea en la estación de Cuauhtémoc. Tuve que preguntar a un guardia, no sin antes haber ubicado un estilo cajero automático en cada una de las columnas que a mi parecer era el lugar para pagar el boleto.

-Disculpe, jefe. ¿Cómo es que funciona lo de los boletos? ¿Por qué hay varios números?

-Es para los viajes que vas a comprar –me contestó.

-Y si… es que me voy a bajar en Cuauhtémoc para hacer cambio de línea

-No güero, con que compres un viaje y no te salgas… con eso tienes.

Le di las gracias y me fui a comprar el boleto al cajero que estaba a mi derecha. 

 

A Monologue: from a shivering hand.

Mírame. Te estoy hablando. Yo veo a tus ojos. Tu ve a los míos y dime que no sientes lo mismo que yo.

Dicen que los ojos son las ventanas al alma, a los más profundos deseos y sueños que todos tenemos

Yo la verdad mando todo esto al carajo y prefiero pensar que tu boca me dirá lo que tu alma piensa. Prefiero pensar que tu alma guiara tus acciones, y que estas seguirán lo que tu boca me diga. Me diga actuando, me diga hablando, total tu boca es todo lo que me interesa, porque para mí ahí… ahí está tu alma.

Deja los ojos a un lado, que un ciego puede hablar, puede vivir, pueda actuar, puede amar, pero alguien sin alma no es nada. Es solo como una botella de vino vacía, se puede ver muy bien, pero no sabe ya más a nada.  Y es que esa esencia es la que hace que te ame, que te piense a cada instante, que te desee.

Deja que sea parte de tu vida. Parte de ti. Se tú, una parte de mi, pues desde que te vi me siento incompleto. Y este vacío parece imposible de llenar sin que tu boca, sin que tu alma este presente.

Mírame a los ojos y dime, que no quieres nada conmigo, que quieres que te deje en paz, que preferirías estar muerta antes de acabar con alguien como yo. Hazlo, pero no dudes que yo sabré que cada palabra que salga de tu boca, de esa boca que no puedo dejar de pensar, no dudes… que sabré que es un mentira.